Hay ideas…

Hay ideas
                que arrastran multitudes
                que crean andares y caminos
                perfectas
                idénticas a todo
                amables

Hay ideas que son así,
perfectas,
como el kiwi.

Hay ideas…

Alcauciles, poema robado a g.

Poema robado a su dueño, pero es que… era tan hermoso:

Alcauciles

“(…) Muy deprisa llamo a su nuevo amador…”

El libro del buen amor

Verano.

Fuera de temporada, dijo…
Y se dieron en el invernadero de Morfeo.

El cardo: pura flor mujer,
la abeja se tiñe fémina
de miel prehistórica.

Ahora en la plaza.
La habana es Cádiz con mas negritos
Cádiz en la habana con mas salero

El vino verde se vela de estio
Ese tio murciano es quien muestra
La alcachofa

De chufa a fado
Alitero
¿Y tú Que das?
(Dicen que fue el te quiero)

Alcauciles, poema robado a g.

El solsticio infinito

Hoy en nuevo año
me asomo al infinito,
dulcemente navego ese mar,
y abro un paréntesis
que comprima las ideas
hasta hacerlas añicos,
tantos como cumplo.
Abrir puertas, ventanas,
allanar cordilleras,
saltar luces y olas,
perderse para recobrar
la autenticidad del uno,
la sonrisa del primero
ahí sostenido eternamente
frente a la madre.
Hoy en nuevo año
arrojo al fuego las ancianas
conclusiones, como prueba
de su infernal origen,
para recogerlas gimoteantes,
recién paridas,
perfumadas de vida.
El solsticio infinito

Carta a un amigo que está lejos

Todo estalló,

me acudió una soledad asesina y húmeda que envileció el aire

y corrí. Todo lo que pude. Hasta llegar

a mi casa, cerrada, ausente, inexistente.

Y dormí:

en las calles

                  en los bares

                                   en casas de mujeres buenas.

Mi padre me tendió una mano

al borde de la muerte,

con el corazón destrozado.

Juntó los trozos y los puso encima de la mesa:

esto es lo que hay, hijo mío. Llegará para dos?

Había corazón de sobra…

Era la locura.

Tanto tiempo disfrazada de poderosa aliada. Loca al fin.

La locura que te abre los ojos, tanto que las pestañas

hacen cosquillas en la espalda.

No sé si me vacié o descubrí que estaba vacío

y busqué, y busqué, y busqué…

y me cansé de buscar. Dije adiós.

Me despedí de los buenos que aún quedaban y me lancé al vacío de la nada.

Y allí estaba ella.

Me dijo: yo te ayudo. Tengo tiempo de sobra.

Y en ello está. Y en ello estoy.

Lo alternativo no era suficiente. Llegó la droga dura.

Dejé de correr. Cogí la mano de mi mujer y comencé a decir que sí.

Me dieron un carnet de loco. Siempre había querido tener uno.

Pero como no me gustan los carnets
sigo investigando por mi cuenta, nunca se sabe.

Ahora tengo poquitas verdades, pero hermosas.

Y se acerca el momento de volver al planeta

si acaso alguna vez lo había dejado.

Carta a un amigo que está lejos

Morriña

Por ahí va,
caminando, el chico sin color,
el adolescente sin besos de madre,
de estación en estación,
sin ningún tren que lo lleve a ninguna parte.
Añora el verde,
cabalgar y el caldo los domingos de invierno.

Su mochila es de aire
y papel, su riqueza una anécdota en la historia,
su memoria de algodón de azúcar,
sus sueños el alegato que aguarda
el caer del mazo.

Ese es,
el chico sin color.

Morriña