La nave

Subí al palo mayor de la nave,
la que me lleva al abismo y al
infinito, en la que tantas veces
reconocimos juntos plantas
marinas y animales raros.
Desde allí me creí tan alto
que casi el cielo me tocaba
los hombros y las nubes me daban
calor y ganas de volar.
Allí permanecí un ratito,
solo un instante en el tiempo
del mundo. Un fragmentito
de vida plena y sed de futuro.
Y el viento zoaba. Y zoaba.
Y el mar rugía. Y rugía.
Pasaron todas las lunas,
despegándose por una noche
de tu espalda, acostadas,
crecían desde el suelo
del que me había despegado.
Y la nave se movía, acunada
al ritmo de la marea viva
que te trajo, que te asomó
una noche al arenal de aquella
isla que ya dejamos hace un tiempo,
ya invisible en nuestro rastro.
Hoy la nave estaba vacía.
Llena de recuerdos de ti,
y de nosotros, que otrora
fueron el paisaje de esta barca
absurda en la que viajo
con nadie a ningún lado.

La nave

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