El balanceo y los cajones

Estaba allí. Lo sabía. Antes estaba allí, junto a la cajita azul, aquella que traía un regalo tuyo que nunca comprendí. Como aquella vez que me diste un vídeo del futuro. Todavía recuerdo tus palabras: “es para los dos, ¿vale?” Y allí estaba, aquel niño rubio, con esos ojos color miel, mirando atento a la cámara. ¡Pero quién demonios era aquel zagal! Pues nada, así había venido aquella cajita azul con cosas, un día, así, llegó y ya. Solamente se podía sacar una de cada vez. Bueno, no importaba, me sobraba la paciencia. Imaginaba un orden en aquel salir de objetos, los pensaba categorizados por su aroma, su sintonía con el tiempo o por la proximidad alfabetica a tu nombre. Salían. Y así salió aquella vez ese balanceo, tras un pañuelo usado. Ese balanceo era tan especial. “Viene de dentro”, me dijiste, “¿ves?”, y lo acogías en la palma abierta mientras abrías tanto los ojos que parecía que pudieses contener el mundo entre las pupilas y los párpados. Luego lo dejaste allí, en el cajón de las cosas importantes. Y ahora no está. Aparto a manotazos las monedas, los bolígrafos secos y las acreditaciones de trescientos treinta eventos. Tanteo el fondo del cajón, intentando adivinar en una veta de la madera algo familiar. Nada. No estaba. Ni rastro del balanceo. Nunca debí dejar a nadie rebuscar en los cajones.

El balanceo y los cajones

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