Carta a un amigo que está lejos

Todo estalló,

me acudió una soledad asesina y húmeda que envileció el aire

y corrí. Todo lo que pude. Hasta llegar

a mi casa, cerrada, ausente, inexistente.

Y dormí:

en las calles

                  en los bares

                                   en casas de mujeres buenas.

Mi padre me tendió una mano

al borde de la muerte,

con el corazón destrozado.

Juntó los trozos y los puso encima de la mesa:

esto es lo que hay, hijo mío. Llegará para dos?

Había corazón de sobra…

Era la locura.

Tanto tiempo disfrazada de poderosa aliada. Loca al fin.

La locura que te abre los ojos, tanto que las pestañas

hacen cosquillas en la espalda.

No sé si me vacié o descubrí que estaba vacío

y busqué, y busqué, y busqué…

y me cansé de buscar. Dije adiós.

Me despedí de los buenos que aún quedaban y me lancé al vacío de la nada.

Y allí estaba ella.

Me dijo: yo te ayudo. Tengo tiempo de sobra.

Y en ello está. Y en ello estoy.

Lo alternativo no era suficiente. Llegó la droga dura.

Dejé de correr. Cogí la mano de mi mujer y comencé a decir que sí.

Me dieron un carnet de loco. Siempre había querido tener uno.

Pero como no me gustan los carnets
sigo investigando por mi cuenta, nunca se sabe.

Ahora tengo poquitas verdades, pero hermosas.

Y se acerca el momento de volver al planeta

si acaso alguna vez lo había dejado.

Carta a un amigo que está lejos

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