Tú y yo en el Himalaya

Agarramos fuerte un mapa, con la aguja apuntando al polo,
las mochilas, la ropa técnica, tus braguitas negras y ese sujetador rosa.
Cruje el mundo cuando te acurrucas a mi lado:
menos mal que no vive nadie en el hemisferio sur.
Esta vez tenemos un poco de flamenco y metal en la megafonía
del maratón más leve que jamás hayamos organizado,
apenas nos moveremos de la piedra más larga.
Sin vegetación me pierdo, con muy pocas señales, ni dobles marcas,
ni pinturas (son para bailar, me dices) y comienzo a tantear los alrededores
de tu voz. Tu pelo, algunas montañas que me encuentro, que tú ignoras,
y allí me paro, a descansar un rato, a desentumecer mis manos tan tensas
y heladas, anhelantes de correr, antes de seguir hacia las cañadas
desnudas, donde nace la vida, donde hay un escondite siempre cerrado.
Te giras, orientándote, llena de estrellas, todas las constelaciones en tu piel,
y las sigo, una a una, las altas, las mayores, las menores, las que terminan en las curvas,
las que te mantienen erguida, las que esconden tus rizos. Todas brillan hoy.
Hasta que el mapa comienza a hablar y tomas mi mano, con la tuya,
manos de madre y de amada, para llevarme al oriente próximo, donde bailas,
y también al lejano oriente, donde los nazis buscaron tesoros,
allá en lo más profundo. Rastreo cada entrada, cada ruta, algunas enrevesadas
otras directas, pero con curvas, tú me adviertes si me salgo de las pistas.
Mejor lo buscamos juntos, no eran estas las indicaciones buenas,
tantos mapas, tantas manos distintas rastreando…
Pero nosotros vamos solamente a lo más alto, donde la nieve arde
para quedarnos a vivir, con la mística de la renuncia al odio, al reproche,
al demasiado pronto, al nunca jamás. Nosotros nos vamos al Himalaya.
Y nos acercamos las voces, para vernos los ojos e iluminar más,
para que todo caliente, aunque quizá demasiado, y tú te rías,
quitándole importancia, o dándole alas. Mejor así, amor.
Hasta que te subes encima de todo, para ver mejor, y mis manos
apenas tocan tus labios, que me llaman en un idioma desconocido,
el Tíbet, tus ojos, las llanuras de Mongolia, el calor tropical de los valles
deshabitados durante años, solamente algún cazador esporádico,
tipos duros, bebedores de aguardiente y voz rasgada, no como yo.
Ya lo veo, apura, apenas dos cordilleras más. Y soltamos las mochilas,
las tiendas, los víveres, el aire y todo lo que no es tú y yo, y el Himalaya.
Y allí estamos, sin fotos,
tú y yo,
en el Himalaya.

Tú y yo en el Himalaya

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