Hoy, que hemos recordado aquel día en las playas (no tan) desiertas, 2 meses después

Sólo recuerdo que había mucho aire
y la ventana de la cocina
llena de gotas y de casas vacías,
con una mano mía llamándote.
Entonces apagaste el sueño
y apareciste en el pasillo,
dormida, anduvimos hasta la cama
como dos muertos,
tú ibas recogiendo mi vida,
hasta que me rodeaste con tus piernas
y abrazaste mi pecho
arriba y abajo, empujándolo con tu voluntad,
respirando para mí,
con esa voz que todo lo hace.

Si supieras qué pasaba entonces…
por mi cabeza, por mis manos, por mí,
nerviosa, alarmada por mi enfermedad
sin nombre.
Allí dentro yo era…:
Tú boca,
como el río Luna, sin guitarra, llena de cosas,
cada una por su lado,
sonriendo ahí abajo, hace doscientos años,
tumbada en la moqueta del coche.
Tus ojos buenos,
que llegan a todas partes y son abanicos cuando bajan.
Tus mejillas pobladas de infinitos insectos
y un escarabajo,
pisados por mis yemas cuando te memorizo la piel.
Tus nalgas
con un bikini blanco diminuto,
que camina delante por tu pasillo,
oculto apenas en un short,
perfecto con mis diez dedos
sin marcas, solo el parquet y el “conte” pueden.
Tus pechos
ahí arriba,
vienen y van, ocultos por unas palmas oscuras
desde aquí,
que podrían alimentar un mundo como nosotros (pero más pequeño)
si tú quisieras.
Tu sexo abultado y diáfano
cansado de mí, o abierto de par en par
rodeando mis dedos, el mío, mi lengua,
con el Führer encima, Sieg Heil!
y la luna llena más arriba.
Tu vientre que esconde una broma
insignificante,
sin peso,
amenazado con los cuernos sobre la mesa de la cocina,
que no dejo de llenar,
porque acompañaría dos meses (hoy), nueve o más,
sobre el elástico de tus legging’s,
con un ombligo cerrado en el centro.
Tu forma de besarme,
de cuclillas frente a ti
en el sofá sentada,
agarrándote el cuello,
atrapándome los labios,
con tu lengua tal vez, ahí cerquita.
Tu cadera que aparece
entre las sábanas y me llama
las manos, que agarro
con fuerza cuando estás encima
balanceándote, buscando el Himalaya.

Y luego dormí, por fin. Todo se fue:
mi coche avanzando por la autovía
desde la otra vida,
repleto de lágrimas,
mis tarjetas mohosas en la cartera,
repleta de lágrimas,
tú y yo alejados,
repletos de lágrimas.
Menos tú, que sigues ahí, abrazando mi pecho
en mi lado de la cama,
que despiertas herida de muerte,
mil veces,
con una mano posada en mi pierna
y las lágrimas…
que ya cansan, ¿no?
“No me levantaré hasta que no me acaricies.
Dame la mano, es aquí.”
Tu cara cansada
es la de aquel día.
Recuerdo que tampoco
llegaste al Himalaya.

Hoy, que hemos recordado aquel día en las playas (no tan) desiertas, 2 meses después

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s