Llorar

llorarlo todo
todo
llorar la angustia de lo que no va a ser
llorar de miedo por lo incierto y vago
llorar por todo lo que no va a venir
y llorar
llorar comiendo
llorar en cama
llorar a solas y abrazado a la nada

llorar tanto que las lágrimas derriben
el muro de masculinidad que me aparta de ti
y de todo aquello que te hace llorar

llorarte
llenarte de líquido hormonal
llorarte toda

allá van (llorar) los sueños por el mar de lágrimas
que inauguran tus ojos
que me arrastran engulliéndome en su ola infinita
llorar
si acaso consigo sacar un brazo o un auxilio
de nuevo me devoran hacia el punto cero del dolor
que hace apenas un segundo te hizo
llorar

Llorar

El doctor y yo, solos

Hoy me siento tan solidario
con las batas blancas y los tacos
de notas con publicidad de Bayer…
Mi gabinete está yermo,
como la casa del doctor,
sin pacientes ni ruidosas salas de espera
con niños, mocos y algún pecho malherido.
Todos se han ido:
caminan los empedrados suelos que pronto
la cera tintará de pasión
y harán chirriar los coches
y los jóvenes en flor.
Hoy me siento aquí,
frente al número par más hermoso,
y observo con tristeza
las puertas de la casa,
como una clínica abandonada
y sucia, que no tiene
ni una camilla libre
para un cuerpo que se deshace
en extrañarte
y en volver a visitar
tu consulta perfecta.
Volveré en 90 días.

El doctor y yo, solos

Hoy te tengo

Hoy te tengo
A ti y a estas ganas de nada
Que me humanizan
Tanto.
Y duermes
Con tu pijama de mantas
Abrazado a mis lágrimas
(Mamá no ta)
Y a mis temblores
Que son para ti
El ritmo del mundo
Al que un tiempo
Pensé
Buena idea acogerte.
Hoy te tengo. Ya.
Te tengo. Ya.

Hoy te tengo

El balanceo y los cajones

Estaba allí. Lo sabía. Antes estaba allí, junto a la cajita azul, aquella que traía un regalo tuyo que nunca comprendí. Como aquella vez que me diste un vídeo del futuro. Todavía recuerdo tus palabras: “es para los dos, ¿vale?” Y allí estaba, aquel niño rubio, con esos ojos color miel, mirando atento a la cámara. ¡Pero quién demonios era aquel zagal! Pues nada, así había venido aquella cajita azul con cosas, un día, así, llegó y ya. Solamente se podía sacar una de cada vez. Bueno, no importaba, me sobraba la paciencia. Imaginaba un orden en aquel salir de objetos, los pensaba categorizados por su aroma, su sintonía con el tiempo o por la proximidad alfabetica a tu nombre. Salían. Y así salió aquella vez ese balanceo, tras un pañuelo usado. Ese balanceo era tan especial. “Viene de dentro”, me dijiste, “¿ves?”, y lo acogías en la palma abierta mientras abrías tanto los ojos que parecía que pudieses contener el mundo entre las pupilas y los párpados. Luego lo dejaste allí, en el cajón de las cosas importantes. Y ahora no está. Aparto a manotazos las monedas, los bolígrafos secos y las acreditaciones de trescientos treinta eventos. Tanteo el fondo del cajón, intentando adivinar en una veta de la madera algo familiar. Nada. No estaba. Ni rastro del balanceo. Nunca debí dejar a nadie rebuscar en los cajones.

El balanceo y los cajones

Darse

Darse
Regalarse el tiempo
Como si fuera
posible no hacerlo
Y añorarse después
Tanto
Que las fiestas sepan a ausencia
Y las ausencias sean
tantas ya.
No paran de irse:
no dejes de llegar

Darse

Irse

Si me queréis…
hablad en silencio de los besos que no os he dado,
de las horas debidas,
de las mil vidas que viví sin vosotros,
mis amantes.

Hoy que marcháis
abrazo esta soledad infinita
de lino y rosas,
este invierno de sangre,

Aquí queda este cuerpo
que os tuvo en los brazos,
que voló por encima de vuestra sonrisa,
que aprendió a decirse tú.

Si me queréis…
…irse.

Irse